Me envía Linda un comentario a mi artículo de hace unos días titulado “Analfabetismos”. Dice, con razón, que hay otro analfabetismo más: el doméstico. Ese que le impide a ella misma descifrar las instrucciones de los electrodomésticos, pongamos por caso.
No te alarmes, querida Linda. Ahí estamos todos incluidos. O por lo menos todas las personas normales.
Es imposible descifrar unas instrucciones de un sencillo y humilde electrodoméstico. Así de tajante. Yo no lo he conseguido jamás. Tampoco ninguno de mis amigos o familiares. Investiga entre tus vecinos y te lo confirmarán. No hay manera.
Y, sin embargo, ese mismo cacharro, que, a través de las instrucciones que le acompañan a su pesar, se muestra opaco a nuestras miradas escrutadoras, al cabo de poco tiempo, va mostrando paulatinamente sus secretos con naturalidad y sin engolamientos. En cierta medida, es una dulce forma de proceder, cercana a la resistencia pasiva que proponía Gandhi, que le daría la razón a lo que planteaba el mismísimo Maiakovski en “La rebelión de los objetos”. Sea como fuere, nuestra intuición y la buena disposición de los cacharros, van obrando el milagro de la interrelación y la comprensión mutuas. El microondas, por ejemplo, asumiendo su condición de objeto inerte (pero no por eso necesariamente gilipollas), y nosotros como seres inteligentes (por lo menos relativamente).
Por eso, creo que hay aquí gato encerrado. Si las instrucciones crean un muro y no sirven para instruir, ¿para qué sirven entonces...?
Voy a ponerme a pensar en este asunto y te planteo, Linda, que también tú lo hagas entre clase y clase. Podríamos partir de una hipótesis: alguien, a través de ellas, pretende investir al objeto recién adquirido de un halo mágico, impenetrable y oscuro.
¿Será un arma del consumismo en la que todavía nadie había reparado?





Últimos comentarios